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SIN DUDA, ESTE ES NUESTRO MOMENTO:

Sí, este es nuestro momento. Ha llegado la hora de pensar la vivienda desde y para las necesidades básicas del hombre como SER HUMANO, como individuo que siente y piensa.

VIVIR, SENTIR, PENSAR, REÍR, LLORAR, CRECER, RESPIRAR, EMOCIONARNOS, COMPARTIR, AMAR…

Necesitamos un espacio para todo esto, nuestro propio espacio, y es la vivienda el espacio más íntimo de una persona, el lugar donde nos quitamos la máscara y nos permitimos ser nosotros mismos.

Deberíamos dar a las personas la posibilidad de crear un vínculo tan fuerte con su vivienda que ésta pueda llegar a ser, en cierto modo, una extensión de su ser.

Entendemos que la creación de este vínculo requiere tiempo. Es necesario que la persona tome contacto con el espacio del que dispone y empiece a vivirlo, a sentirlo, a hacerlo suyo. Y una vez que el espacio y la persona estén conectados, ésta debe empezar a amoldarlo a sus necesidades, a manipularlo, a transformarlo, a diseñarlo, a colorearlo, a amueblarlo, a ampliarlo, a VIVIRLO.

Hoy sabemos que el volumen físico medio de un ser humano adulto es 0,0664 m3. En contraposición al volumen material de la persona, también sabemos que en el plano emocional, la burbuja proxémica de un ser humano, que es el espacio material circundante que una persona necesita para no sentirse invadido (algo así como nuestro volumen personal), depende de las circunstancias y de los estados de ánimo de esa persona. Esta burbuja debe ser respetada siempre. Y es que a veces necesitamos mucho aire para poder respirar y otras veces lo que necesitamos es estar recogidos y protegidos en espacios reducidos, casi escondidos. Nuestra casa debe permitirnos esto.

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En nuestro estudio estamos trabajando en una tipología de vivienda que se ajuste a todo esto, que se ajuste al ser humano. Se trata de una vivienda flexible, capaz de evolucionar, que se entrega terminada, pero incompleta. O completa, en el caso de que el espacio que se propone se amolde completamente a las necesidades de la persona o personas que la habiten.

Si la vida cambia y tus circunstancias cambian, tu vivienda debería acompañarte en ese cambio, debe ofrecerte el escenario apropiado para que las personas que vivan en ella puedan continuar creciendo como seres humanos.

Si, por ejemplo, estás soltero o soltera, tus necesidades serán unas y tu cabeza estará en un determinado lugar. Si luego conoces a alguien, de repente tu cabeza cambiará de lugar. Si la cosa prospera, tu cabeza se irá a un lugar que jamás hubieras imaginado y entonces será cuando tu vida y tus necesidades habrán cambiado.

Si en el transcurso de la vida llega un hijo, entonces sentirás un terremoto dentro de tí y esto deberá notarse en tu sonrisa, en tu mirada y también en tu vivienda. Si llega otro,… ni te cuento.

Los hijos crecerán y tu vivienda deberá abrazar ese cambio. Los hijos seguirán creciendo y algún día se marcharán. Quizá te divorcies. Quizá vuelvas a tener pareja. Quizá no. Quizá cambies de vivienda, o de ciudad, o de país. Y vendrá otra persona, con todo su universo de circunstancias. O no. Quizá envejezcas en esa vivienda, o quizá envejezcan otros. Quizá otros vuelvan a empezar ahí. Quizá… Quizá… Quizá… ¿Quién sabe?

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Lo único que es seguro es que vas a vivir y que la vida es cambio, es crecimiento, y es evolución.

Este es el reto que hoy nos planteamos y la tipología de vivienda que nosotros proponemos surge de entender todo esto, surge de entender la vida como un proceso dinámico y activo al que una vivienda debe poder adaptarse, porque tenemos la firme convicción de que la arquitectura debe estar al servicio del ser humano. En caso contrario, no la llamaremos arquitectura, será otra cosa.

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 Estas reflexiones surgieron en el proceso de elaboración de una propuesta para un concurso de innovación en la vivienda. Para ver la propuesta presentada haz clic aquí:

http://sergiovaladez.carbonmade.com/projects/5379253

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El Paseo de los Ingleses de Ronda es un espacio único y extraordinariamente atractivo por su excepcional localización. Es un paseo por el borde del acantilado de más de 100 metros que delimita la Hoya del Tajo.

La denominación “de los ingleses” proviene del origen de este paseo como un recorrido asociado al Hotel Reina Victoria, que fue construido en 1906 por la Iberian Hotels Company para el hospedaje de los ingenieros ingleses que construían la línea FF.CC. Bobadilla-Algeciras por el que se llegaba a la zona monumental de la ciudad. De esta forma, era frecuente ver pasear por este desfiladero a elegantes ingleses de traje negro y sombrero de copa, y de ahí su nombre.

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El poeta de origen checo Rainer María Rilke, que tuvo temporalmente su residencia en este hotel allá por 1912 (dicen que más de dos meses), debió transitar bastante por este paseo y sin duda, la belleza del paisaje que se observa desde aquí debió potenciar positivamente la inspiración para sus creaciones. Se piensa que en este tiempo trabajó en la sexta de las Elegías de Duino, la que tiene como motivo central al héroe.

Rilke decidió venir a Ronda mientras atravesaba un periodo de crisis creativa y a mí personalmente me gusta pensar que la belleza de esta ciudad y su entorno natural realmente pudieron ayudarle a superarla. No me cabe duda de que la contemplación de la belleza tiene un poderoso efecto reconfortante sobre el ser humano y es por esto que aquellos espacios dedicados a eso, a la contemplación de la belleza, adquieren vital importancia en el desarrollo de las ciudades.

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Actuar en el borde de una ciudad histórica es siempre una tarea muy delicada, y más aún cuando este borde tiene la peculiaridad de que se presenta en el Tajo de Ronda.

El proyecto debía mantener y potenciar la relación tan especial y única que tiene la ciudad de Ronda con el paisaje que la rodea y, a su vez, tratar de recuperar la esencia de “paseo” a medio camino entre lo rural y lo urbano. Se decidió, por tanto, realizar un trabajo de “descontaminación arquitectónica” eliminando todos aquellos elementos netamente urbanos como bancos prefabricados en serie, farolas de pie, y pérgolas de acero.

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En esta actuación el protagonista es el paisaje y la función principal del espacio es la contemplación del mismo. La arquitectura va después.

Se trataba de conseguir un espacio neutro, que en esencia constituyera un camino rural, que no fuera llamativo para no rivalizar con el paisaje. Por eso se decidió realizar el pavimento con piedra del Arroyo del Toro que es la piedra que en aspecto y composición más se parece a la roca que forma el propio macizo del Tajo.

El único motivo decorativo que tiene el pavimento son unos surcos que repiten en el plano horizontal la geometría de la propia Pared del Tajo. Me divierte pensar que, en cierto modo, es una representación del eco del paso del tiempo.

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Los bancos también son del mismo tipo de piedra. Son rectangulares o cuadrados y en ocasiones se disponen de forma aleatoria para emular una piedra en el camino donde pararse a descansar.

Los bancos de la entrada están orientados hacia el oeste para poder contemplar desde ellos la puesta de sol.

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Existe además una particularidad muy enriquecedora de este espacio y muy determinante para su valoración, que es la condición simultanea de “espacio desde el que se mira, o mirador”, y la de “espacio que es mirado” y que conforma parte de la “fachada” de la ciudad, que es además coronación de un acantilado natural.

La intervención trata de mantener la imagen del paisaje urbano existente así como de no contaminar el paisaje natural que es mirado. En esta línea, se diseñó un sistema de iluminación indirecta, tenue, calmada, que no destaca en la visión nocturna de la ciudad desde el paisaje.

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Realizar la intervención en el Paseo de los Ingleses fue para mí una gran experiencia que me permitió investigar sobre la esencia de las cosas y entender definitivamente que lo que tiene Ronda que no tiene ninguna otra ciudad en el mundo es esta relación tan naturalmente mágica con el paisaje que la rodea.

 

Entendí que no se puede disociar, que Ronda y su Entorno Natural son una misma cosa.

 

Visitar web:

http://sergiovaladez.carbonmade.com/projects/4548876

 

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Estamos en un momento crucial, de esto no hay duda. La arquitectura debe tener una respuesta a la altura de las expectativas y los arquitectos, de la mano de la sociedad, debemos aportar soluciones eficaces a los problemas que se nos presentan en nuestro ámbito de actuación. Ha llegado del momento de pararse a pensar en qué podemos aportar para mejorar la situación que estamos atravesando y cómo podemos materializarlo.

Debemos hacer un esfuerzo por entender la complejidad de la realidad que vivimos desde todos los puntos de vista posibles: social, económico, medioambiental, cultural, técnico, político, histórico, climático, geográfico,…

El reto está en integrar toda esta complejidad en el diseño de nuestros edificios, en transmitir esta visión a nuestros clientes y en generar valor no sólo en el edificio que estamos diseñando sino también, en la medida de lo posible, transmitir ese valor a su entorno, al medio ambiente, a la sociedad.

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Se entiende que algo (la arquitectura) es consciente cuando se piensa, se siente, se quiere y se realiza desde el conocimiento y la interpretación sensible de la realidad que lo circunda. Este es el camino que debemos escoger si queremos llenar de significado nuestro trabajo y hacer que de esta manera adquiera una dimensión amplia.

Palabras como eficiencia, sostenibilidad, innovación, integración o diseño bioclimático están empezando a diluirse en una maraña de grandilocuentes discursos que no acaban de cuajar en la sociedad y corremos el riesgo de que se convierta en una moda pasajera o en una tendencia comercial.

Estamos aquí para evitarlo.

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Decía Luis Barragán, uno de los grandes arquitectos del siglo XX, que los arquitectos están olvidando la necesidad que tienen los seres humanos de estar a media luz, la clase de luz que impone cierta tranquilidad…

Lo comparto completamente. Los arquitectos estamos olvidando valorar los espacios que diseñamos desde el punto de vista más básico, más humano. De alguna forma, los estados de ánimo por los que vamos pasando a lo largo del día están influenciados por las características de los espacios donde nos desenvolvemos: su luz, su temperatura, su grado de humedad, sus colores, sus texturas…

Estoy convencido de que no es lo mismo vivir, o trabajar, en un espacio bañado por una luz agradable, que hacerlo en un espacio oscuro y sombrío. Un profesor de la Escuela de Arquitectura de Sevilla nos decía que la diferencia entre la “arquitectura” y la “construcción ordinaria” estribaba en si existía o no un tratamiento consciente de la luz que bañaba los espacios diseñados.

Me gusta pensar que la arquitectura es, en gran parte, el escenario de la vida de las personas y que de alguna manera los arquitectos podemos, aunque sólo sea en una minúscula proporción, hacer un mundo mejor, más amable.

Si el espacio es la materia prima de la arquitectura, la luz es la herramienta de la que disponemos para trabajarlo.

Como dice Carlos Ferrater: La luz es el tema.

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“Es imposible ir hacia adelante y mirar hacia atrás; quien vive en el pasado no puede avanzar” Mies van der Rohe.

Se trata de uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX y uno de los padres de la arquitectura que se hace hoy.

Inicialmente se orientó hacia la arquitectura neoclásica, pero un viaje a los Países Bajos en 1912 le llevó a cambiar sus intereses, a raíz del descubrimiento de la obra de H. P. Berlage. Tras el paréntesis de la Primera Guerra Mundial, se adhirió a diversos movimientos de vanguardia (Novembergruppe, De Stijl) y empezó a realizar proyectos revolucionarios.

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Debemos tomar ejemplo de los grandes maestros y mirar siempre hacia adelante, en todos los sentidos. El ser humano se caracteriza por su capacidad de innovación y es por esto que seguimos avanzando. La arquitectura de hoy debe beber de la tradición del lugar en la que se ubica y dar respuestas a los nuevos problemas que se nos presentan utilizando nuevos materiales y lenguajes, pero siempre desde el respeto al patrimonio heredado y a su integración en este.