EL ARTE DE VIVIR [LA BUENA VIDA]

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Parece que la mayoría de las personas no se ha parado nunca a pensar qué es una casa y qué significa, y de forma innecesaria serán siempre pobres, al menos en tanto crean imprescindible poseer una casa como la que tiene alguno de sus vecinos ¡como si uno tuviera que vestir la chaqueta que decida el satre!” –   Henry David Thoreau en Walden (1.854).

Saber vivir, y hacerlo con cierta gracia y personalidad, es un arte al que todos deberíamos consagrar nuestras vidas y, del mismo modo, podemos decir que saber habitar es una parte importante de ese “estar bien” al que se aspira mediante el arte de vivir.

Me atrevería a decir que, de un modo muy simple, saber vivir es algo así como hacerlo mientras uno va queriéndose a sí mismo. Mientras uno va dedicándose tiempo, escuchándose y respetándose de una manera sincera y profunda. Por eso cuando diseñamos nuestra casa y planteamos un porche orientado al Este para desayunar recibiendo el primer rayo de luz de la mañana, en el fondo nos estamos queriendo. Cuando en un salón colocamos una chimenea centrada entre sofás acolchados con muchos cojines y mantas de lana para crear un espacio cálido y confortable donde refugiarnos de las inclemencias del duro invierno, también nos estamos queriendo. Cuando orientamos una ventana o una pequeña terraza al oeste con la única razón de poder disfrutar cada día de la puesta de sol al llegar a casa mientras saboreamos una copa de vino, también nos estamos queriendo. Y cuando pintamos una pared de nuestro color favorito! Y cuando dejamos que el olor a pan tostado inunde la casa! Y cuando compramos un ambientador que nos reconforta o cuando colgamos una fotografía que nos recuerda un momento maravilloso de nuestras vidas. Cada gesto, por pequeño que sea en el diseño de una casa puede estar empapado de amor a nosotros mismos o no. La buena noticia en este caso es que esto solo depende de nosotros mismos.

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Todos nos merecemos una casa que nos proporcione pequeños y grandes placeres diarios, esos pequeños y grandes lujos que nos hacen sentir bien. Cosas tan sencillas como poner un suelo de madera en el dormitorio para poder levantarnos descalzos sin tener que buscar a tientas las zapatillas; plantar un pequeño jardín, o unas cuantas macetas en el balcón para oler a azahar o jazmín cada vez que salimos al exterior; o adueñarnos de un trozo de terraza para tomar el sol en primavera mientras disfrutamos de una bebida fresca; o aislar adecuadamente el dormitorio para procurarnos un merecido descanso después de un agotador día de trabajo.

En la medida en la que uno diseña o transforma su propia casa (ayudado o no por un profesional) y la adecúa a sus verdaderas necesidades, no a las de los demás ni a las preestablecidas por la sociedad, uno se demuestra amor a sí mismo porque se escucha y se atiende, y comienza a fluir en su propio espacio sabiendo que todo lo que le rodea está dispuesto así sólo para satisfacerle y nada más. Para hacerle la vida más fácil, solo para disfrutar.

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Dice uno de mis maestros que lo mejor que le puede pasar a una casa es que su dueño esté deseando volver a ella una vez que ha salido. Y no le falta razón, nuestra casa debe ser, de todos los espacios,  aquel donde mejor nos encontremos.

Desgraciadamente no siempre vivimos como queremos y no tenemos lo que necesitamos, ese es el problema. Y la razón posiblemente esté en el origen, en que realmente no sabemos lo que queremos. Es ahí donde nace una parte muy significativa de nuestro sufrimiento.

Dicho de otra manera, nos conformamos con beber agua clorada del grifo para saciar nuestra sed aunque sepamos que no es agua fresca de pozo hondo, que es lo que realmente deseamos. Queremos que nuestra vida tenga ese sabor, esa frescura, pero al fin y al cabo siempre elegimos conformarnos con alguna excusa que desemboque en “lo preestablecido, en aquello que encaja”.

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Lo interesante de una casa es siempre la vida de sus habitantes y cómo ésta se refleja en los espacios. Una casa “muy vivida” siempre resulta bella porque la vida de sus habitantes está reflejada en cada uno de sus rincones y los ha impregnado de esa vida. Y con “muy vivida” no me refiero a vivida por mucho tiempo sino a vivida con mucha intensidad y honestidad.

Para empezar a cambiar las cosas no estaría mal empezar por hacernos la siguiente pregunta ¿No es hora ya de que mi vida empiece a tener la frescura y el sabor del agua de pozo?


Mas en https://sergiovaladez.carbonmade.com


Fotografías: Tamara Arroyo, artista

 “Nada, y menos un lugar, es para siempre”

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