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“Podemos avanzar en la técnica y seremos muy buenos, pero solo podremos comunicar si verdaderamente encontramos nuestro propio lenguaje.”

Afshin Ghaffarian, bailarín.

De vez en cuando observamos luminosos destellos de belleza a los que llamamos arte, y nos damos cuenta de que en el fondo no son otra cosa que el acto de un ser humano, despojado del ruido mundano, expresándose con libertad y firmeza en su propio lenguaje.

Y es que la clave está en comunicar, en hacer partícipe a los demás de lo que uno lleva dentro. Ver, mirar, mostrarse y dejarse ver. Estar.

Encontrar el propio lenguaje es la eterna búsqueda del ser humano. Por lo contrario, hablar con palabras de otro te apaga, te consume, te deteriora y deja ver claramente la debilidad que todos llevamos dentro. Es una cuestión de supervivencia, y una prioridad, encontrar nuestro propio lenguaje, el que nos da la vida.

DESERT DANCER

Independientemente del estilo (moderno, clásico, minimalista o rústico,…), las arquitecturas hablan y en muchas ocasiones gritan. Hablan de nosotros y gritan nuestros estados de ánimo. Las atmósferas creadas en los espacios que habitamos son, en el fondo, el eco de las energías de las personas que las habitan.

Ajustar los espacios en que vivimos a nuestra propia y genuina forma de ser nos ayudará a identificarnos en mayor medida con ellos y con esto nos sentiremos más cómodos, más presentes y mejor. Nos ayudará a sentirnos en “nuestro sitio”.

Y es que debemos ser cuidadosos, y muy conscientes, a la hora de diseñar espacios porque las atmósferas que creamos afectan de manera directa al color emocional de las experiencias vividas en dichos espacios. La alegría y la luz van de la mano. Y aunque un espacio luminoso no garantice una experiencia de alegría, no podemos descartar que al menos establece una sensación amable como telón de fondo.

Sembrar un espacio de luz, vida y color nos ayudará a generar perspectivas positivas de las experiencias que vivimos.

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Una casa debe ser fundamentalmente un espacio de seguridad, nuestra fortaleza y el cofre de nuestra intimidad, por eso generar atmósferas de estabilidad y solidez ayuda a establecer vínculos profundos con nuestro hogar.

Sentir el hogar es, en cierta manera, sentir que una parte de nosotros impregna dicho espacio, y en consecuencia nos identificamos con él, y es en este momento cuando es importante elegir qué parte de nosotros queremos proyectar en nuestro hogar, porque esto definirá en gran medida la tendencia hacia la parte de nosotros en la que queremos vivir. Elegir es lo importante. Elegir de manera consciente en qué parte de nosotros queremos vivir.

Debemos buscar nuestro propio lenguaje y hacerlo con la convicción de que vamos a encontrarlo, sabiendo que lo reconoceremos cuando al experimentarlo nos emocionemos y lo hagamos de manera intensa y profunda. 

Y lo encontraremos dentro, muy adentro de nosotros mismos porque nuestro propio lenguaje no es otra cosa que nuestra más íntima expresión.

Fotografías: DESERT DANCER – 2015 FILM STILL – Relativity Media © 2014 Desert Dancer Production LTD. All Rights Reserved
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“El arte es el corazón de la sangre. No debemos pintar más interiores con gente leyendo o mujeres haciendo punto. En el futuro hay que pintar gente que respire, sienta, sufra o ame.” Edvard Munch (1863-1944)

En mi actividad profesional he descubierto, a lo largo de todos estos estos años, que para saber si algo está o no debidamente planteado, me ayuda mucho evaluar el hecho de si lo que se hace conecta o no con el lado humano de las personas, y creo que esto es extensible a todas las demás actividades del ser humano.

También he aprendido a detectar que a veces vivimos en una trampa, en una ficción constante definida por valores ajenos a nosotros mismos que en ocasiones nos aleja de nuestro camino. Empiezo a estar convencido de que diseñar un determinado espacio solo tiene sentido si se hace desde la perspectiva de la experimentación sensitiva y emocional de las personas al que va destinado.

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Desde el lado humano, cuando entramos en una habitación lo que nos importa es la calidez de la luz que entra por la ventana y las sensaciones que se nos despiertan en el contacto con las texturas de los materiales que empleamos para construir dicho espacio, con su sonoridad, su calidez y con la energía que recibimos de ellos. Desde este lado nos importan más las sensaciones que nos producen los espacios que algo tan ajeno a nuestra naturaleza como pueda ser su precio por metro cuadrado. Debería afectarnos más la calidad de la atmósfera creada en un espacio que las posibles opciones de venta que puediera tener en el mercado inmobiliario. El problema es que a veces decidimos por el precio, y solo por el precio…

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Desde el lado humano un espacio no se mide en metros cúbicos sino en la cantidad e intensidad de emociones que sentimos cuando lo habitamos. Nos interesa más el lugar interior al que nos transporta que el lugar físico exterior en el que nos encontramos. Lo que nos importa del espacio que conforma nuestra casa es más lo que nos hace sentir que lo que nos hace parecer. El problema surge cuando pensamos que debemos ocupar nuestra casilla, la que nos viene impuesta, y que lo importante es parecer que somos aquello que nos ha sido asignado…

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Desde el lado humano lo importante es la luz, la que entra y la que se queda fuera, su tono, su calor y su intensidad. La luz nos conecta con el sol, con la naturaleza y con el momento del día y la estación del año en la que vivimos. Controlar la energía que nos proporciona el sol nos acerca a la naturaleza y nos hace partícipes de ella. Tener la opción de decidir cuánta luz queremos y como la queremos (tamizada, directa, indirecta, difusa o reflejada), el simple hecho de elegir, nos posiciona en una situación privilegiada frente a la vida. Si podemos elegir esto, ¿por qué no vamos a poder elegir todo lo demás? El problema es que a veces pensamos que todo nos viene dado y que no hay nada que podamos hacer para cambiar las cosas, no hay nada que podamos elegir…

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Desde el lado humano lo importante a la hora de elegir un barrio para vivir dentro de una ciudad tiene más que ver con el tipo de vida que se desarrolla en el barrio, con su carácter, con su ambiente y con la gente que lo habita, que con el estatus social asociado al mismo. Es más importante evaluar la calidad humana de las relaciones personales a las que vamos a tener acceso que la etiqueta de clase social que se nos pueda colocar desde fuera. Y siempre será preferible que en una calle haya árboles en lugar de ferraris. El problema aparece cuando aceptamos etiquetas que otros nos colocan, y lo peor de todo es cuando encima nos identificamos con ellas…

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Desde el lado humano todo es más sencillo, más intuitivo y más natural. Lo mejor no siempre está asociado a lo más caro y lo que más nos interesa tiene más que ver con cómo somos y cómo nos sentimos que con cómo nos van a ver los demás. En este momento es más importante lo que la casa aporta a nuestra vida y en qué medida ésta se convierte en una extensión de nosotros mismos, que cualquier otro parámetro externo asociado a valores numéricos extraídos de esquemas prefijados por la sociedad de consumo. El problema comienza cuando confundimos valor con precio y se magnifica cuando pensamos que una casa no es más que otro objeto de consumo más…

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Un espacio solo se completa cuando se vive y cuando la vida que allí se desarrolla queda impregnada en su atmósfera, en cada una de las paredes. La vida necesita un espacio adecuado para ser vivida con alegría e intensidad y cuando esto ocurre se produce la magia. Esta magia consiste simplemente en dejar ver el lado humano de las cosas. Y es que hay una cosa muy clara: cuando nos enfocamos en el lado humano, normalmente no hay problemas, ninguno.


Fotografías:               Fotogramas de la película HUMAN, de Yann Arthus-Bertrand

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Parece que la mayoría de las personas no se ha parado nunca a pensar qué es una casa y qué significa, y de forma innecesaria serán siempre pobres, al menos en tanto crean imprescindible poseer una casa como la que tiene alguno de sus vecinos ¡como si uno tuviera que vestir la chaqueta que decida el satre!” –   Henry David Thoreau en Walden (1.854).

Saber vivir, y hacerlo con cierta gracia y personalidad, es un arte al que todos deberíamos consagrar nuestras vidas y, del mismo modo, podemos decir que saber habitar es una parte importante de ese “estar bien” al que se aspira mediante el arte de vivir.

Me atrevería a decir que, de un modo muy simple, saber vivir es algo así como hacerlo mientras uno va queriéndose a sí mismo. Mientras uno va dedicándose tiempo, escuchándose y respetándose de una manera sincera y profunda. Por eso cuando diseñamos nuestra casa y planteamos un porche orientado al Este para desayunar recibiendo el primer rayo de luz de la mañana, en el fondo nos estamos queriendo. Cuando en un salón colocamos una chimenea centrada entre sofás acolchados con muchos cojines y mantas de lana para crear un espacio cálido y confortable donde refugiarnos de las inclemencias del duro invierno, también nos estamos queriendo. Cuando orientamos una ventana o una pequeña terraza al oeste con la única razón de poder disfrutar cada día de la puesta de sol al llegar a casa mientras saboreamos una copa de vino, también nos estamos queriendo. Y cuando pintamos una pared de nuestro color favorito! Y cuando dejamos que el olor a pan tostado inunde la casa! Y cuando compramos un ambientador que nos reconforta o cuando colgamos una fotografía que nos recuerda un momento maravilloso de nuestras vidas. Cada gesto, por pequeño que sea en el diseño de una casa puede estar empapado de amor a nosotros mismos o no. La buena noticia en este caso es que esto solo depende de nosotros mismos.

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Todos nos merecemos una casa que nos proporcione pequeños y grandes placeres diarios, esos pequeños y grandes lujos que nos hacen sentir bien. Cosas tan sencillas como poner un suelo de madera en el dormitorio para poder levantarnos descalzos sin tener que buscar a tientas las zapatillas; plantar un pequeño jardín, o unas cuantas macetas en el balcón para oler a azahar o jazmín cada vez que salimos al exterior; o adueñarnos de un trozo de terraza para tomar el sol en primavera mientras disfrutamos de una bebida fresca; o aislar adecuadamente el dormitorio para procurarnos un merecido descanso después de un agotador día de trabajo.

En la medida en la que uno diseña o transforma su propia casa (ayudado o no por un profesional) y la adecúa a sus verdaderas necesidades, no a las de los demás ni a las preestablecidas por la sociedad, uno se demuestra amor a sí mismo porque se escucha y se atiende, y comienza a fluir en su propio espacio sabiendo que todo lo que le rodea está dispuesto así sólo para satisfacerle y nada más. Para hacerle la vida más fácil, solo para disfrutar.

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Dice uno de mis maestros que lo mejor que le puede pasar a una casa es que su dueño esté deseando volver a ella una vez que ha salido. Y no le falta razón, nuestra casa debe ser, de todos los espacios,  aquel donde mejor nos encontremos.

Desgraciadamente no siempre vivimos como queremos y no tenemos lo que necesitamos, ese es el problema. Y la razón posiblemente esté en el origen, en que realmente no sabemos lo que queremos. Es ahí donde nace una parte muy significativa de nuestro sufrimiento.

Dicho de otra manera, nos conformamos con beber agua clorada del grifo para saciar nuestra sed aunque sepamos que no es agua fresca de pozo hondo, que es lo que realmente deseamos. Queremos que nuestra vida tenga ese sabor, esa frescura, pero al fin y al cabo siempre elegimos conformarnos con alguna excusa que desemboque en “lo preestablecido, en aquello que encaja”.

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Lo interesante de una casa es siempre la vida de sus habitantes y cómo ésta se refleja en los espacios. Una casa “muy vivida” siempre resulta bella porque la vida de sus habitantes está reflejada en cada uno de sus rincones y los ha impregnado de esa vida. Y con “muy vivida” no me refiero a vivida por mucho tiempo sino a vivida con mucha intensidad y honestidad.

Para empezar a cambiar las cosas no estaría mal empezar por hacernos la siguiente pregunta ¿No es hora ya de que mi vida empiece a tener la frescura y el sabor del agua de pozo?


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Fotografías: Tamara Arroyo, artista

 “Nada, y menos un lugar, es para siempre”

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Es la expresión utilizada en el ámbito del teatro para desear “buena suerte” antes de una función. Dado que la vida tiene al fin y al cabo cierto carácter teatral, esta expresión bien podría servirnos para nuestro día a día. Y por supuesto, atravesando la situación que estamos atravesando, también en la acepción más común…

No es tan descabellado pensar que en esta vida todos formamos parte de una gigantesca obra de teatro en la que interpretamos a un personaje con el que nos sentimos identificados y que, paradójicamente, todos somos a la vez actores protagonistas y espectadores de nuestra propia vida. El escenario (en gran parte la arquitectura) donde se desarrolla esta singular obra (la vida) es a la vez visto por el espectador y vivido por el personaje.

En una sociedad regida tan fuertemente por la imagen externa considero un interesante ejercicio de honestidad (y una gran odisea) el hecho de plantearnos con profundidad hasta que punto somos impostores de nuestra propia identidad.

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En el mundo de la escenografía se suele decir que el escenario es un personaje más de la historia, no en vano es un factor que afecta directamente a la energía de cada escena, que influye al personaje y predispone al espectador. Influye y predispone…

¿Y si esto fuera cierto? ¿Y si la vida fuera algo parecido a un teatro?

Si el escenario influye al personaje y predispone al espectador, ¿sería posible influir en el guión modificando el escenario? ¿Y en la energía de la escena que se desarrolla? ¿Daría el mismo miedo una obra de terror si se desarrollara en los escenarios de “Alicia en el País de las Maravillas”?

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Pues bien, la arquitectura lo es [casi] todo en la escena, es la atmósfera, es el sonido del espacio, los niveles de intimidad, la frescura del aire, la brisa que corre, la luz sobre las cosas, la temperatura del ambiente, el tacto de los materiales, ver un árbol a través de una ventana, la conexión con lo natural, el equilibrio del volumen y sobre todo, es la magia de lo real.

¡Qué duda cabe de que también existe magia en el pensamiento y en la imaginación! pero cuando hablamos de arquitectura, hablamos de la magia de lo real.

Llega un momento en el que todos deberíamos atrevernos a ser los escenógrafos de nuestra propia vida e intentar crear atmósferas que nos representen a nosotros mismos y que plasmen nuestro carácter en aquellos ambientes en los que se desarrolla nuestra vida.

A veces, cuando todo va bien, es muy sencillo y sólo hay que cambiar el color de las paredes o la pantalla de alguna lámpara, otras veces basta simplemente con abrir una ventana para que entre el aire o derribar un tabique para conectar dos espacios desconectados, pero también algunas veces se dan situaciones irreversibles en las que hay que derribarlo todo y empezar de nuevo. En todos los casos, en éste último también, creo firmemente que un cambio motivado por una actitud optimista deriva siempre en un escenario más positivo.

Me quedo con esta frase de Chaplin:

“La vida es una obra de teatro que no permite ensayos… Por eso canta, ríe, baila, llora y vive intensamente cada momento de tu vida antes de que el telón baje y la obra termine sin aplausos”

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01_NO PENSAR
Es difícil admitir esto, pero vivimos en una sociedad que nos lleva de manera dramática, y casi inevitable, a no pensar y a no sentir. Esto, en definitiva, es aceptar que otros piensen por nosotros y, lo que es peor, que nos olvidemos de atender a nuestros  sentimientos, en cuyo caso ya sabemos que nadie va a atenderlos porque es seguro que nadie puede sentir por nosotros.
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Hacernos un hueco en el mundo es elegir. Eligiendo es como moldeamos nuestro entorno, es como nos hacemos nuestro hueco. Y para elegir es necesario pensar y, por supuesto, sentir.
04_NO PENSAR
Tenemos tendencia a encajarlo todo en un molde y convertirlo en un objeto de consumo. Con la arquitectura pasa. Cuando describimos una casa tendemos a enumerar las habitaciones que tiene, los metros cuadrados que ocupa, los años que han transcurrido desde su construcción, lo revalorizada que esta la zona donde se ubica o el dinero que cuesta. Esto es no pensar y no sentir.
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No solemos hablar de cómo nos hace sentir, qué impresiones nos provoca entrar en ella,  la calidad de la luz que entra, de si tiene o no tiene encanto, de sus bondades espaciales, de las posibilidades de contacto con la naturaleza, de la armonía que existe entre sus dimensiones, de los grados de privacidad que ofrece, de la flexibilidad de sus espacios o de las atmósferas que podemos descubrir en ella. Esto último sería una descripción elaborada desde la percepción consciente: pensar y sentir.
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Las cosas no nos deberían venir impuestas, no debemos aceptar todo lo que nos venga dado. La arquitectura es un hecho emocional-intelectual cuya interacción con el hombre es espectacularmente rica y compleja. No bucear en esta complejidad y no elegir diseñar nuestra parte de universo privado es perder la oportunidad de construir de manera consciente nuestra propia relación con el entorno físico donde se desarrolla nuestra vida.
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“Living is easy with eyes closed misunderstanding all you see”
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Decía John Lennon en Strawberry Fields Forever que “vivir es fácil, con los ojos cerrados…”, tal y como nos recordaba David Trueba recientemente, “…malentendiendo todo lo que ves”. Y este es el problema, malentender o no entender todo lo que vemos, no detenernos en lo que realmente es importante y perdernos en las cuestiones que nos vienen dadas.
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“It’s getting hard to be someone, but it all works out”
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La siguiente estrofa de Lennon decía “Se está poniendo difícil ser alguien, pero todo se resuelve”. Y en ello estamos…

Strawberry Fields Forever _ The Beatles                https://youtu.be/nehRB1FTeTo

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Yo, como cualquier otro ser humano soy, en esencia, un eterno buscador de belleza. Me refiero a la belleza profunda, a esa propiedad de las cosas que nos hace vibrar; a ese placer intenso y familiar que sentimos cuando conectamos con una sonrisa, con una mirada, con un paisaje, un texto literario o una obra de arte. También con la arquitectura.
 

Algunas teorías (la del Einfühlung, por ejemplo) explican el hecho estético como una proyección del yo. Esto significaría, a groso modo, que nos resultan bellos aquellos objetos con los que nos sentimos identificados, en los que sentimos que parte de nosotros mismos se refleja en ellos y con los que establecemos una relación estrecha y directa de forma instantánea (quizá en el plano subconsciente).
El hecho de experimentar la belleza podría entenderse como una herramienta que nuestra mente utiliza para indicarnos el camino que debemos seguir para encontrar la armonía y el equilibrio con nuestro entorno. Tendemos hacia lo que nos gusta, hacia lo que nos resulta bello, y esta es la manera en que la naturaleza nos muestra nuestro camino.
 
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Con nuestra casa también pasa esto, deberíamos tener con ella una cierta empatía (identificación mental y afectiva) y sentirla parte de nosotros mismos. Esto ocurre cuando, en lo más íntimo, entendemos nuestra vivienda como una extensión de nosotros mismos y sentimos que cada elemento que la compone tiene relación directa con nosotros. En cierto modo, cuando decimos “esta casa me gusta” estaríamos diciendo algo así como “siento que una parte mí queda reflejada en estos espacios y en gran medida me identifico con ellos. Yo podría desarrollarme aquí.”
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En la Teoría de las Cinco Pieles, Hundertwasser profundiza en este proceso identitario y lo lleva, desde dentro hacia fuera, desde la propia piel (1), a la ropa (2), la casa (3), la sociedad (4) y finalmente la Tierra (5) y el Universo. Aquí el arquitecto vienés nos ofrecía un camino para la búsqueda del equilibrio en el plano emocional con todas las formas de relación externas, con todas las formas de belleza.
Los seres humanos no somos seres estandarizados, cada uno de nosotros encierra un universo propio inundado de particularidades y es esta complejidad la que desciframos en los objetos que nos resultan bellos.
Sería un ejercicio interesante visitar una vivienda e imaginarnos a la persona o la familia que vive allí basándonos en la distribución de los espacios, el tratamiento de la luz natural, la fluidez del espacio, los colores, los materiales, los muebles, los olores, los sonidos,… seguro que después de hacernos una imagen mental de sus propietarios, no nos llevaríamos grandes sorpresas al conocerlos y estrechar sus manos.
Hablaban los romanos de que la belleza era un reflejo de la verdad. En un sentido amplio, no puedo estar mas de acuerdo.
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Ilustraciones:                   Mark Rothko     http://www.markrothko.org/

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Somos Naturaleza. Así se titulaba una entrevista realizada por el periódico El País al escritor y académico José Luis Sampedro (1917-2013) cuando éste tenía la edad de 94 años. En ella dejaba claro que todo cambió en sus esquemas de pensamiento desde que empezó a ver al hombre como una especie biológica, como un ser privilegiado, pero natural.

Debemos admitir que somos Naturaleza y que esta condición es irrenunciable e intrínseca a nuestra existencia como seres humanos. Aunque queramos, no podemos dejar de ser naturaleza y es por esto que todo aquello que nos aleja de nuestra esencia nos hace sentir mal y tiene consecuencias negativas en nuestra salud y en nuestros estados de ánimo.

Deberíamos replantearnos nuestro modo de vida y empezar a pensar en las consecuencias que puede llegar a sufrir una sociedad cuyos individuos pasan más tiempo interactuando con máquinas (móviles, ordenadores, televisión, videojuegos…) que con otros individuos o con la propia naturaleza que, en última instancia, es nuestro hábitat.

El hombre se está aislando de la Tierra y de su entorno natural y ya estamos empezando a sufrir las consecuencias que trae esta forma de vida, materializadas mediante el aumento del número de casos de enfermedades graves como el cáncer, la depresión, las alergias y otros trastornos físicos y mentales.

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He aprendido mucho estudiando la obra de un arquitecto vienés llamado Friedensreich Hundertwasser (1928-2000), y de la lectura de sus manifiestos y teorías sobre el arte, la arquitectura, la ecología y la armonía con la naturaleza.

Hundertwasser se pasó media vida mostrando su determinante oposición a la arquitectura racionalista de la Bauhaus y del movimiento moderno llegando al punto de afirmar que la miseria humana era el resultado de una arquitectura monótona, estéril y repetitiva surgida de una corriente de pensamiento que no contemplaba la individualidad de las personas ni su condición de ser humano.

Es muy conocido el manifiesto que habla del “Derecho a la Ventana y el Deber hacia el Árbol” en el que Hundertwasser llega al extremo de afirmar que “El que vive en una casa debe tener derecho a asomarse a su ventana y a diseñar como le apetezca todo el trozo de muro exterior que pueda alcanzar con el brazo. Así será evidente para todo el mundo desde la lejanía que allí vive una persona.”

 

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Hagámonos las siguientes preguntas:

¿Sentimos que la casa en la que vivimos es, en esencia, una prolongación de nosotros mismos o de nuestra familia?

¿Hemos adaptado nuestra casa a nuestra forma de vivir o hemos adaptado nuestra forma de vivir a nuestra casa?

¿Tenemos en casa los espacios que realmente necesitamos para descansar, relajarnos, hacer vida familiar y relacionarnos?

¿Podemos plantar un árbol o un huerto en nuestra casa?

¿Podemos tomar el sol?

¿Sentimos que nos relacionamos con la naturaleza estando en nuestra casa?

Si una vez que hayamos respondido a estas preguntas volvemos a hacernos la primera de ellas y la respuesta es SI, de forma contundente, podremos considerarnos personas muy afortunadas, que tienen un espacio físico adecuado para su propio desarrollo.

Pero si la respuesta es NO, deberíamos abrir un periodo de reflexión e indagar en los límites que  nuestra casa pone al desarrollo de nuestras vidas como seres humanos y hasta qué punto no debemos fijarnos como objetivo realizar modificaciones que mejoren la situación y amplíen nuestro campo de oportunidades de desarrollo personal.

El uso cada vez más extendido de materiales industriales en sustitución de materiales naturales tradicionalmente empleados en la construccción y la torpeza en el aprovechamiento del espacio, de la luz natural y el soleamiento hacen que las arquitecturas que habitamos sean cada vez más frías y carentes de inspiración. Es difícil desarrollar creatividad en ambientes estériles y asépticos, sin pasión.

Decía José Luis Sampedro que un hombre solo no es nada, que necesita relacionarse con otras personas y con su entorno natural para poder desarrollarse como ser humano.

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Quizá esto suene utópico, pero creo que debemos continuar reivindicando que todos tenemos derecho a una vivienda digna, y lo digo aún sabiendo que este derecho está recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos y en todas las constituciones de todos los países que tienen constitución.

Para empezar, sabemos que este derecho no se atiende para todas las personas, ni siquiera en los países más desarrollados, pero la cuestión de base en la que todavía no se ha entrado de lleno es en que la dignidad no se mide ni en euros, ni en metros cuadrados, y que debemos empezar a considerar que una vivienda es digna en la medida en la que permite a las personas desarrollarse como seres humanos en su individualidad, con su familia y en comunidad, y que les permita sentirse integradas en un entorno en armonía con la naturaleza. Tenemos derecho a esto.

Hablo de luz natural, de alegría, de espacio, de soleamiento, de silencio, de confort, de sostenibilidad, de atmósferas, de armonía, de convivencia, de intimidad, de aire, de seguridad, de energía, de flexibilidad, de árboles, de recuerdos, de momentos, de belleza, de pájaros, de escenarios, de regazo, de personas, de sensibilidad…

En fin, hablo de arquitectura, como siempre.

 

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Fotografías extraídas de http://www.hundertwasser.at